lunes, 4 de enero de 2016

REFLEXIONES SOBRE EL MARXISMO (V)



El marxismo es una concepción del desarrollo histórico de la naturaleza, de las sociedades y del pensamiento, los tres entrelazados entre sí.

Carlos Marx (1818-1883), nació en el seno de una familia judía de clase media alta. Su padre fue abogado, se convirtió al luteranismo y sirvió al gobierno de Renania, Reino de Prusia.
 Carlos inició sus estudios superiores en la Universidad de Bonn y Filosofía en la Universidad de Berlín, en el segundo lustro de 1830 y se graduó a comienzos de la década de  los 40’ con una tesis sobre la “Diferencia de la Filosofía de la Naturaleza en Demócrito y Epicuro”.

Las conmociones sociales estremecían a Europa. En 1831 estalló la primera huelga obrera, en Lyon, Francia: entre 1838 y 1848, el Movimiento Popular Cartista en Inglaterra.

Hegel había fallecido en 1831 pero la influencia de su filosofía fue enorme em sus alumnos y en la generación posterior, a la que pertenecía Marx. Sin embargo, su concepción del “Estado”, desarrollada en su libro “Filosofía del Derecho”  había dividido a los jóvenes filósofos en dos corrientes: la derecha y la izquierda hegeliana.

En 1842 se encontraron Carlos Marx y Federico Engels (1820-1895), en la redacción de la “Gaceta Renana”, periódico en el que Marx escribía, discutiendo la problemática filosófica y social, el aporte de Hegel y el nuevo desarrollo filosófico de la izquierda hegeliana.

Entre esta fecha y febrero de 1848, Carlos Marx, se dedicó a criticar las filosofías de Max Stirner y Bruno Bauer, representantes conspicuos de la “izquierda hegeliana” , en “La Sagrada Familia”; criticó la “Filosofía del Derecho” de Hegel, comenzó el estudio de la Economía Política Clásica, en los “Manuscritos Económicos-Filosóficos”, hizo la crítica de la obra de Pierre Proudhon “Filosofía de la Miseria” y elaboró la tesis sobre el papel que debía cumplir la Filosofía, a mediados del siglo XIX, en las “Tesis  sobre Feuerbach”.

Engels, por su parte, que era hijo de un próspero industrial textil de Bremen (Renania, Reino de Prusia), después de haber cursado Secundaria (Gimnasium), se dedicó a estudiar el negocio comercial y asistió a cursos de filosofía en Berlín. A finales de 1842, después del primer encuentro con Marx,  viajó a Manchester donde su padre había instalado una fábrica de hilados de algodón, , atrayéndole la situación de la clase obrera. Regresó a Bremen y, en 1845 escribió el libro “La situación de la clase obrera en Inglaterra”.

El periodismo de izquierda  en Prusia, bajo una monarquía autoritaria, era inviable y Marx se trasladó, en 1843, a Francia donde colaboró en los periódicos, “Nueva Gaceta del Rhin” y “Anales franco-alemanes”. Aquí, tuvo un segundo encuentro con Engels, que hizo escala en París de regreso de Manchester, iniciando una estrecha amistad y trabajo intelectual conjunto que continuará hasta el fallecimiento de Carlos Marx, el 14 de marzo de 1883.

En 1845,  Marx tuvo  que abandonar París, trasladándose a Bruselas. vinculándose a la “Liga de los Comunistas”, cuyos trabajos y conferencias de fervorosa prédica del socialismo, tuvieron gran acogida.

Junto con Engels, escribieron, en 1846, “La Ideología Alemana”, donde exponen, por primera vez sus concepciones filosóficas. Esta obra no la pudieron publicar. El manuscrito fue encontrado por el Instituto Marx, Engels, Lenín,  Stalin” de Moscú y publicado en 1932. En 1855, Marx escribió sobre este encuentro: “"Federico Engels (...) había llegado por distinto camino al mismo resultado que yo. Y cuando, en la primavera de 1845, se estableció también en Bruselas, acordamos contrastar conjuntamente nuestro punto de vista con el ideológico de la filosofía alemana; en realidad, liquidar con nuestra conciencia filosófica anterior. El propósito fue realizado bajo la forma de una crítica a la filosofía posthegeliana”.

En la Introducción, que algunos fragmentos transcribo a continuación, critican a la dominante filosofía idealista en Alemania:

“Según anuncian los ideólogos alemanes, Alemania ha pasado en estos últimos años por una revolución sin igual. El proceso de descomposición del sistema hegeliano, que comenzó con Strauss, se ha desarrollado hasta convertirse en una fermentación universal, que ha arrastrado consigo a todas las «potencias del pasado». En medio del caos general, han surgido poderosos reinos, para derrumbarse de nuevo en seguida, han brillado momentáneamente héroes, sepultados nuevamente en las tinieblas por otros rivales más audaces y más poderosos. Fue ésta una revolución junto a la cual la francesa es un juego de chicos, una lucha ecuménica al lado de la cual palidecen y resultan ridículas las luchas de los diádocos . Los principios se desplazaban, los héroes del pensamiento se derribaban los unos a los otros con inaudita celeridad, y en los tres años que transcurrieron de 1842 a 1845 se removió el suelo de Alemania más que antes en tres siglos”.

Y todo esto ocurrió, según dicen, en los dominios del pensamiento puro.

“Trátase, sin duda, de un acontecimiento interesante: del proceso de putrefacción del espíritu absoluto. Al apagarse la última chispa de vida, las diversas partes de este caput mortuum (de “jefe muerto”) entraron en descomposición, dieron paso a nuevas combinaciones y formaron nuevas sustancias. Los industriales de la filosofía, que hasta aquí habían vivido de la explotación del espíritu absoluto, arrojáronse ahora sobre las nuevas combinaciones. Cada uno se dedicó afanosamente a explotar el negocio de la parcela que le había tocado en suerte. No podía por menos de surgir la competencia. Al principio, ésta tenía un carácter bastante serio, propio de buenos burgueses. Más tarde, cuando ya el mercado alemán se hallaba abarrotado y la mercancía, a pesar de todos los esfuerzos, no encontraba salida en el mercado mundial, los negocios empezaron a echarse a perder a la manera alemana acostumbrada, mediante la producción fabril y adulterada, el empeoramiento de la calidad de los productos y la adulteración de la materia prima, la falsificación de los rótulos, las compras simuladas, los cheques girados en descubierto y un sistema de crédito carente de toda base real. Y la competencia se convirtió en una enconada lucha, que hoy se nos ensalza y presenta como un viraje de la historia universal, origen de los resultados y conquistas más formidables”.

(…)                         El materialismo histórico

Marx y Engels describen  el proceso histórico real a partir de esta premisa: ·Para “hacer la historia”, el hombre necesita, vivir. “Ahora bien, para vivir hacen falta ante todo comida, bebida, vivienda, ropa y algunas cosas más. El primer hecho histórico es, por consiguiente, la producción de los medios indispensables para la satisfacción de estas necesidades, es decir la producción de la vida material misma, y no cabe duda de que es éste un hecho histórico, una condición fundamental de toda historia, que lo mismo hoy que hace miles de años, necesita cumplirse todos los días y a todas horas,

simplemente para asegurar la vida de los hombres. Y aun cuando la vida de los sentidos se reduzca al mínimum, a lo más elemental —a un palo—, como en San Bruno (Bruno Bauer), este mínimo presupondrá siempre, necesariamente, la producción de dicho palo. Por consiguiente, lo primero, en toda concepción histórica, es observar este hecho fundamental en toda su significación y en todo su alcance y colocarlo en el lugar que le corresponde. Cosa que los alemanes, como es sabido, no han hecho nunca, razón por la cual jamás han tenido una base terrenal para la historia ni, consiguientemente, un historiador. Los franceses y los ingleses, aun cuando concibieron de un modo extraordinariamente unilateral el entronque de este hecho con la llamada historia, sobre todo los que se vieron prisioneros de la ideología política, hicieron, sin embargo, los primeros intentos encaminados a dar a la historiografía una base material, al escribir las primeras historias de la sociedad civil, del comercio y de la industria”.

“Lo segundo es que  la satisfacción de esta primera necesidad, la acción de satisfacerla y la adquisición del instrumento necesario para ello conduce a nuevas necesidades, y esta creación de necesidades nuevas constituye el primer hecho histórico. Y ello demuestra inmediatamente de quién es hija espiritual la gran sabiduría histórica de los alemanes que, cuando les falta el material positivo y no se trata de necedades políticas, teológicas ni literarias, no nos ofrecen ninguna clase de historia, sino que hacen desfilar ante nosotros los «tiempos prehistóricos», pero sin detenerse a explicarnos cómo se pasa de este absurdo de la «prehistoria» a la historia en sentido propio, aunque es evidente, por otra parte, que sus especulaciones históricas se lanzan con especial fruición a esta «prehistoria» porque en ese terreno creen hallarse a salvo de la ingerencia de los «toscos hechos» y, al mismo tiempo, porque aquí pueden dar rienda suelta a sus impulsos especulativos y proponer y echar por tierra miles de hipótesis”.

“El tercer factor que aquí interviene desde un principio en el desarrollo histórico es el de que los hombres que renuevan diariamente su propia vida comienzan al mismo tiempo a crear a otros hombres, a procrear: es la relación entre marido y mujer, entre padres e hijos, la familia. Esta familia, que al principio constituye la única relación social, más tarde, cuando las necesidades, al multiplicarse, crean nuevas relaciones sociales y, a su vez, al aumentar el censo humano, brotan nuevas necesidades, pasa a ser (salvo en Alemania) una relación secundaria y tiene, por tanto, que tratarse y desarrollarse con arreglo a los datos empíricos existentes, y no ajustándose al «concepto de la familia» misma, como se suele hacer en Alemania”.

“Por lo demás, estos tres aspectos de la actividad social no deben considerarse como tres peldaños distintos, sino sencillamente como eso, como tres aspectos o, para decirlo de modo más comprensible a los alemanes, como tres «momentos» que han coexistido desde el principio de la historia y desde el primer hombre y que todavía hoy siguen rigiendo en la historia”.

“La producción de la vida, tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble  relación —de una parte, como una relación natural, y de otra como una relación social—; social, en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de diversos individuos, cualesquiera que sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin. De donde se desprende que un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o un determinado peldaño social, modo de cooperación que es a su vez, una «fuerza productiva»; que la suma de las fuerzas productivas 

accesibles al hombre condiciona el estado social y que, por tanto, la «historia de la humanidad» debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y del intercambio. Pero, 
asimismo es evidente que en Alemania no se puede escribir este tipo de historia, ya que los alemanes carecen, no sólo de la capacidad de concepción y del material necesarios, sino también de la «certeza» adquirida a través de los sentidos, y de que del otro lado del Rin no es posible reunir experiencias, por la sencilla razón de que allí no ocurre ya historia alguna. Se manifiesta, por tanto, ya de antemano, una conexión materialista de los hombres entre sí, condicionada por las necesidades y el modo de producción y que es tan vieja como los hombres mismos; conexión que adopta constantemente nuevas formas y que ofrece, por consiguiente, una «historia», aún sin que exista cualquier absurdo político o religioso que mantenga, además, unidos a los hombres”.

“Solamente ahora, después de haber considerado ya cuatro momentos, cuatro aspectos de las relaciones originarias históricas, caemos en la cuenta de que el hombre tiene también «conciencia». Pero, tampoco ésta es desde un principio una conciencia «pura». El «espíritu» hace ya tratado [14] con la maldición de estar «preñado» de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, la conciencia real, que existe también para los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para mí mismo; y el lenguaje nace, como la conciencia, de la necesidad, de los apremios de relación con los demás hombres. Donde existe una actitud, existe para mí, pues el animal no tiene «actitud» ante nada ni, en general, podemos decir que tenga «actitud» alguna. Para el animal, sus relaciones con otros no existen como tales relaciones. La conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existan seres humanos. La conciencia es, en principio, naturalmente, conciencia del mundo inmediato y sensorio que nos rodea y conciencia de los nexos limitados con otras personas y cosas, fuera del individuo consciente de sí mismo; y es, al mismo tiempo, conciencia de la naturaleza, que al principio se enfrenta al hombre como un poder absolutamente extraño, omnipotente e inexpugnable, ante el que la actitud de los hombres es puramente animal y al que se someten como el ganado; es, por tanto, una conciencia puramente animal de la naturaleza (religión natural)”.

“Inmediatamente, vemos aquí que esta religión natural o esta determinada actitud hacia la naturaleza se halla determinada por la forma social, y a la inversa. En este caso, como en todos, la identidad entre la naturaleza y el hombre se manifiesta también de tal modo que la actitud limitada de los hombres hacia la naturaleza condiciona la limitada actitud de unos hombres para con otros, y ésta, a su vez, determina su actitud limitada hacia la naturaleza, precisamente porque la naturaleza apenas ha sufrido aún modificación histórica alguna. Y, de otra parte, la conciencia de la necesidad de entablar relaciones con los individuos circundantes es el comienzo de la conciencia de que el hombre vive, en general, dentro de una sociedad. Este comienzo es algo tan animal como la propia vida social, en esta fase; es, simplemente, una conciencia gregaria, y, en este punto, el hombre sólo se distingue del cordero por cuanto que su conciencia sustituye al instinto o es el suyo un instinto consciente. Esta conciencia gregaria o tribal se desarrolla y se perfecciona después, al aumentar la productividad, al incrementarse las necesidades y al multiplicarse la población, que es el factor sobre que descansan los dos anteriores. A la par con ello se desarrolla la división del trabajo, que originariamente no pasaba de la división del trabajo en el acto sexual y, más tarde, de una división del trabajo espontáneo o introducida de un modo «natural» en atención a las dotes físicas (por ejemplo, la fuerza corporal), a las necesidades, a las coincidencias fortuitas, etc., etc. La división del trabajo sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo material y el mental. Desde este instante, puede ya la conciencia imaginarse realmente que es algo más y algo distinto que la conciencia de la práctica existente, que representa realmente algo sin representar algo real; desde este instante se halla la conciencia en condiciones de emanciparse del mundo y entregarse a la creación de la teoría «pura», de la teología «pura», la filosofía «pura», la moral «pura», etc. Pero, aun cuando esta teoría, esta teología, esta filosofía, esta moral, etc., se hallen en contradicción con las relaciones existentes, esto sólo podrá explicarse porque las relaciones sociales existentes se hallan, a su vez, en contradicción con la fuerza productiva dominante; cosa que, por lo demás, dentro de un determinado círculo nacional de relaciones, podrá suceder también porque la contradicción no se da en el seno de esta órbita nacional, sino entre esta conciencia nacional y la práctica de otras naciones; es decir, entre la conciencia nacional y la conciencia general de una nación (como ocurre actualmente en Alemania); pero, dado que esta contradicción se presenta como contradicción existente sólo dentro del cuadro de la conciencia nacional, a tal nación le parece que también la lucha se circunscribe a dicha escoria nacional”.

“Por lo demás, es de todo punto indiferente lo que la conciencia por sí sola haga o emprenda, pues de toda esta escoria sólo obtendremos un resultado, a saber: que estos tres momentos, la fuerza productiva, el estado social y la conciencia, pueden y deben necesariamente entrar en contradicción entre sí, ya que, con la división del trabajo, se da la posibilidad, más aún, la realidad de que las actividades espirituales y materiales [xix], el disfrute y el trabajo, la producción y el consumo, se asignen a diferentes individuos, y la posibilidad de que no caigan en contradicción reside solamente en que vuelva a abandonarse la división del trabajo. Por lo demás, de suyo se comprende que los «espectros», los «nexos», los «seres superiores», los «conceptos», los «reparos», no son más que la expresión espiritual puramente idealista, la idea del individuo imaginariamente aislado, la representación de trabas y limitaciones muy empíricas dentro de las cuales se mueve el modo de producción de la vida y la forma de relación congruente con él”.

“La división social del trabajo y sus consecuencias: la propiedad privada, el Estado, la «enajenación» de la actividad social”

“Con la división del trabajo, que lleva implícitas todas estas contradicciones y que descansa, a su vez, sobre la división natural del trabajo en el seno de la familia y en la división de la sociedad en diversas familias opuestas, se da, al mismo tiempo, la distribución y, concretamente, la distribución desigual, tanto cuantitativa como cualitativamente, del trabajo y de sus productos; es decir, la propiedad,] cuyo primer germen, cuya forma inicial se contiene ya en la familia, donde la mujer y los hijos son los esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy rudimentaria, ciertamente, latente en la familia, es la primera forma de propiedad, que, por lo demás, ya aquí corresponde perfectamente a la definición de los modernos economistas, según la cual es el derecho a disponer de la fuerza de trabajo de otros. Por lo demás, división del trabajo y propiedad privada son términos idénticos: uno de ellos dice, referido a la actividad, lo mismo que el otro, referido al producto de ésta”.

“La división del trabajo lleva aparejada, además, la contradicción entre el interés del individuo concreto o de una determinada familia y el interés común de todos los individuos relacionados entre sí, interés común que no existe, ciertamente, tan sólo en la idea, como algo «general», sino que se presenta en la realidad, ante todo, como una relación de mutua dependencia de los individuos entre quienes aparece dividido el trabajo”.

“Precisamente por virtud de esta contradicción entre el interés particular y el interés común, cobra este último, en cuanto Estado una forma propia e independiente, separada de los reales intereses particulares y colectivos y, al mismo tiempo, una forma de comunidad ilusoria, pero siempre sobre la base real de los vínculos existentes, dentro de cada conglomerado familiar y tribal, tales como la carne y la sangre, la lengua, la división del trabajo en mayor escala y otros intereses y, sobre todo, como más tarde habremos de desarrollar, a base de los intereses de las clases, ya condicionadas por la división del trabajo, que se forman y diferencian en cada uno de estos conglomerados humanos y entre las cuales hay siempre una que domina sobre todas las demás. De donde se desprende que todas las luchas que se libran dentro del Estado, la lucha entre la democracia, la aristocracia y la monarquía, la lucha por el derecho de sufragio, etc., no son sino las formas ilusorias bajo las que se ventilan las luchas reales entre las diversas clases (de lo que los teóricos alemanes no tienen ni la más remota idea, a pesar de habérseles facilitado las orientaciones necesarias acerca de ello en los "Deutsche-Französische Jahrbücher" (“Anales franco-alemanes”) y en "La Sagrada Familia"). Y se desprende, asimismo, que toda clase que aspire a implantar su dominación, aunque ésta, como ocurre en el caso del proletariado, condicione en absoluto la abolición de toda la forma de la sociedad anterior y de toda dominación en general, tiene que empezar conquistando el poder político, para poder presentar, a su vez, su interés como interés general, cosa que en el primer momento se ve obligada a hacer”.

“Precisamente porque los individuos sólo buscan su interés particular, que para ellos no coincide con su interés común, y porque lo general es siempre la forma ilusoria de la comunidad, se hace valer esto ante su representación como algo «ajeno» a ellos e «independiente» de ellos, como un interés «general» a su vez especial y peculiar, o ellos mismos tienen necesariamente que moverse en esta escisión, como en la democracia. Por otra parte, la lucha práctica de estos intereses particulares que constantemente y de un modo real se oponen a los intereses comunes o que ilusoriamente se creen tales, impone como algo necesario la interposición práctica y el refrenamiento por el interés «general» ilusorio bajo la forma del Estado”.

“Finalmente, la división del trabajo nos brinda ya el primer ejemplo de que, mientras los hombres viven en una sociedad formada espontáneamente, mientras se da, por tanto, una separación entre el interés particular y el interés común, mientras las actividades, por consiguiente, no aparecen divididas voluntariamente, sino por modo espontáneo, los actos propios del hombre se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que le sojuzga, en vez de ser él quien lo domine. En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le viene impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”.

“Esta plasmación de las actividades sociales, esta consolidación de nuestro propio producto en un poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálculos, es uno de los momentos fundamentales que se destacan en todo el desarrollo histórico anterior. El poder social, es decir, la fuerza de producción multiplicada, que nace por obra de la cooperación de los diferentes individuos bajo la acción de la división del trabajo, se les aparece a estos individuos, por no tratarse de una cooperación voluntaria, sino espontánea, no como un poder propio, asociado, sino como un poder ajeno, situado al margen de ellos, que no saben de dónde procede ni a dónde se dirige y que, por tanto, no pueden ya dominar, sino que recorre, por el contrario, una serie de fases y etapas de desarrollo peculiar e independiente de la voluntad y los actos de los hombres y que incluso dirige esta voluntad y estos actos . ¿Cómo, si no, podría la propiedad, por ejemplo, tener una historia, revestir diferentes formas y la propiedad territorial, supongamos, según las diferentes premisas existentes, desarrollarse en Francia para pasar de la parcelación a la centralización en pocas manos y en Inglaterra, a la inversa, de la concentración en pocas manos a la parcelación, como hoy realmente estamos viendo? ¿O cómo explicarse que el comercio, que no es sino el intercambio de los productos de diversos individuos y países, llegue a dominar el mundo entero mediante la relación entre la oferta y la demanda —relación que, como dice un economista inglés, gravita sobre la tierra como el destino de los antiguos, repartiendo con mano invisible la felicidad y la desgracia entre los hombres, creando y destruyendo imperios, alumbrando pueblos y [19] haciéndolos desaparecer—, mientras que, con la destrucción de la base, de la propiedad privada, con la regulación comunista de la producción y la abolición de la enajenación que los hombres sienten ante sus propios productos, el poder de la relación de la oferta y la demanda se reduce a la nada y los hombres vuelven a hacerse dueños del intercambio, de la producción y del modo de sus relaciones mutuas?”

Desarrollo de las fuerzas productivas como premisa material del comunismo

“Con esta «enajenación», para expresarnos en términos comprensibles para los filósofos, sólo puede acabarse partiendo de dos premisas prácticas. Para que se convierta en un poder «insoportable», es decir, en un poder contra el que hay que hacer la revolución, es necesario que engendre a una masa de la humanidad como absolutamente «desposeída» y, a la par con ello, en contradiceión con un mundo de riquezas y de educación, lo que presupone, en ambos casos, un gran incremento de la fuerza productiva, un alto grado de su desarrollo; y, de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña ya, al misma tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la existencia puramente local de los hombres) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior; y, además, porque sólo este desarrollo universal de las fuerzas productivas lleva consigo un intercambio universal de los hombres, en virtud de lo cual, por una parte, el fenómeno de la masa «desposeída» se produce simultáneamente en todos los pueblos (competencia general), haciendo que cada uno de ellos dependa de las conmociones de los otros y, por último, instituye a individuos histórico-universales, empíricamente universales, en vez de individuos locales. Sin esto, 1) el comunismo sólo llegaría a existir como fenómeno local, 2) las mismas potencias de relación no podrían desarrollarse como potencias universales y, por tanto, insoportables, sino que seguirían siendo simples «circunstancias» supersticiosas de puertas adentro, y 3) toda ampliación de la relación acabaría con el comunismo local. El comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción «coincidente» o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado”.

“ Por lo demás, la masa de los simples obreros —de la mano de obra excluida en masa del capital o de cualquier satisfacción de sus necesidades, por limitada que sea— y, por tanto, la pérdida no puramente temporal de este mismo trabajo como fuente segura de vida, presupone, a través de la competencia, el mercado mundial. Por tanto, el proletariado sólo puede existir en un plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede llegar a cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal”.

“Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente”.

* * *
“La forma de trato condicionada por las fuerzas productivas existentes en todas las fases históricas anteriores y que, a su vez, las condiciona es la sociedad civil, que, como se desprende de lo anteriormente expuesto, tiene como premisa y como fundamento la familia simple y la familia compuesta, lo que suele llamarse la tribu, y cuya definición queda precisada en páginas anteriores. Ya ello revela que esta sociedad civil es el verdadero hogar y escenario de toda la historia y cuán absurda resulta la concepción histórica anterior que, haciendo caso omiso de las relaciones reales, sólo mira, con su limitación, a las resonantes acciones y a los actos del Estado”.

Hasta ahora no hemos examinado más que un solo aspecto de la actividad humana: la transformación de la naturaleza por los hombres. El otro aspecto es la transformación de los hombres por los hombres.

Origen del Estado y relación entre el Estado y la sociedad civil

Conclusiones de la concepción materialista de la historia: continuidad del proceso histórico, transformación de la historia en historia universal, necesidad de la revolución comunista

“La historia no es sino la sucesión de las diferentes generaciones, cada una de las cuales explota los materiales, capitales y fuerzas de producción transmitidas por cuantas la han precedido; es decir, que, de una parte, prosigue en condiciones completamente distintas la actividad precedente, mientras que, de otra parte, modifica las circunstancias anteriores mediante una actividad totalmente diversa, lo que podría tergiversarse especulativamente, diciendo que la historia posterior es la finalidad de la que la precede, como si dijésemos, por ejemplo, que el descubrimiento de América tuvo como finalidad ayudar a que se expandiera la revolución francesa, mediante cuya interpretación la historia adquiere sus fines propios e independientes y se convierte en una «persona junto a otras personas» (junto a la «Autoconciencia», la «Crítica», el «Unico», etc.), mientras que lo que designamos con las palabras «determinación», «fin», «germen», «idea», de la historia anterior no es otra cosa que una abstracción de la historia posterior, de la influencia activa que la anterior ejerce sobre ésta”.

“Cuanto más se extienden, en el curso de esta evolución, los círculos concretos que influyen los unos en los otros, cuanto más se destruye el primitivo encerramiento de las diferentes nacionalidades por el desarrollo del modo de producción, del intercambio y de la división del trabajo que ello hace surgir por vía espontánea entre las diversas naciones, tanto más la historia se convierte en historia universal, y así vemos que cuando, por ejemplo, se inventa hoy una máquina en Inglaterra, son lanzados a la calle incontables obreros en la India y en China y se estremece toda la forma de existencia de estos Estados, lo que quiere decir que aquella invención constituye un hecho histórico-universal; y vemos también cómo el azúcar y el café demuestran en el siglo XIX su significación histórico-universal por cuanto que la escasez de estos productos, provocada por el sistema continental napoleónico [14], incitó a los alemanes a sublevarse contra Napoleón, estableciéndose con ello la base real para las gloriosas guerras de independencia de 1813. De donde se desprende que esta transformación de la historia en historia universal no constituye, ni mucho menos, un simple hecho abstracto de la «autoconciencia», del espíritu universal o de cualquier otro espectro metafísico, sino un hecho perfectamente material y empíricamente comprobable, del que puede ofrecernos una prueba cualquier individuo, tal y como es, como anda y se detiene, come, bebe y se viste”.

En la historia anterior es, evidentemente, un hecho empírico el que los individuos concretos, al extenderse sus actividades hasta un plano histórico-universal, se ven cada vez más sojuzgados bajo un poder extraño a ellos (cuya opresión llegan luego a considerar como una perfidia del llamado espíritu universal, etc.), poder que adquiere un carácter cada vez más de masa y se revela en última instancia como el mercado mundial. Pero, asimismo, se demuestra empíricamente que, con el derrocamiento del orden social existente por obra de la revolución comunista (de lo que hablaremos más adelante) y la abolición de la propiedad privada, idéntica a dicha revolución, se disuelve ese poder tan misterioso para los teóricos alemanes y, entonces, la liberación de cada individuo se impone en la misma medida en que la historia se convierte totalmente en una historia universal. Es evidente, por lo que dejamos expuesto más arriba, que la verdadera riqueza espiritual del individuo depende totalmente de la riqueza de sus relaciones reales. Sólo así se liberan los individuos concretos de las diferentes trabas nacionales y locales, se ponen en contacto práctico con la producción (incluyendo la espiritual) del mundo entero y se colocan en condiciones de adquirir la capacidad necesaria para poder disfrutar de esta multiforme y completa producción de toda la tierra (las creaciones de los hombres). La dependencia omnímoda, forma plasmada espontáneamente de la cooperación histórico-universal de los individuos, se convierte, gracias a esta revolución comunista, en el control y la dominación consciente sobre estos poderes, que, nacidos de la acción de unos hombres sobre otros, hasta ahora han venido imponiéndose a ellos, aterrándolos y dominándolos, como potencias absolutamente extrañas. Ahora bien, esta concepción puede interpretarse, a su vez, de un modo especulativo-idealista, es decir, fantástico, como la «autocreación del género» (la «sociedad como sujeto»), representándose la serie sucesiva de los individuos relacionados entre sí como un solo individuo que realiza el misterio de engendrarse a sí mismo. Aquí, habremos de ver cómo los individuos se hacen los unos a los otros, tanto física como espiritualmente, pero no se hacen a sí mismos, ni en la disparatada concepción de San Bruno (Bruno Bauer) ni en el sentido del «Unico» (Max Stirner), del hombre «hecho»”.

“Resumiendo, obtenemos de la concepción de la historia que dejamos expuesta los siguientes resultados: 1) En el desarrollo de las fuerzas productivas se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas productivas sino más bien fuerzas destructivas (maquinaria y dinero); y, a la vez, surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad  y obligada a colocarse en la más resuelta contradicción con todas las demás clases; una clase que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical, la conciencia comunista, conciencia que, naturalmente, puede llegar a formarse también entre las otras clases, al contemplar la posición en que se halla colocada ésta; 2) que las condiciones en que pueden emplearse determinadas fuerzas productivas son las condiciones de la dominación de una determinada clase de la sociedad, cuyo poder social, emanado de su riqueza, encuentra su expresión idealista-práctica en la forma de Estado imperante en cada caso, razón por la cual toda lucha revolucionaria va necesariamente dirigida contra una clase, la que ha dominado hasta ahora; 3) que todas las anteriores revoluciones dejaban intacto el modo de actividad y sólo trataban de lograr otra distribución de ésta, una nueva distribución del trabajo entre otras personas, al paso que la revolución comunista va dirigida contra el carácter anterior de actividad, elimina el trabajo asalariado y suprime la dominación de todas las clases, al acabar con las clases mismas, ya que esta revolución es llevada a cabo por la clase a la que la sociedad no considera como tal, no reconoce como clase y que expresa ya de por sí la disolución de todas las clases, nacionalidades, etc., dentro de la actual sociedad, y 4) que, tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas base.

“La concepción materialist de la historia consiste, pues, en exponer el proceso real de producción, partiendo para ello de la producción material de la vida inmediata, y en concebir la forma de intercambio correspondiente a este modo de producción y engendrada por él, es decir, la sociedad civil en sus diferentes fases como el fundamento de toda la historia, presentándola en su acción en cuanto Estado y explicando a base de él todos los diversos productos teóricos y formas de la conciencia, la religión, la filosofía, la moral, etc., así como estudiando a partir de esas premisas su proceso de nacimiento, lo que, naturalmente, permitirá exponer las cosas en su totalidad (y también, por ello mismo, la interdependencia entre estos diversos aspectos). Esta concepción, a diferencia de la idealista, no busca una categoría en cada período, sino que se mantiene siempre sobre el terreno histórico real, no explica la práctica partiendo de la idea, sino explica las formaciones ideológicas sobre la base de la práctica material, por lo cual llega, consecuentemente, a la conclusión de que todas las formas y todos los productos de la conciencia no pueden ser destruidos por obra de la crítica espiritual, mediante la reducción a la «autoconciencia» o la transformación en «fantasmas», «espectros», «visiones», etc, sino que sólo pueden disolverse por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales, de las que emanan estas quimeras idealistas; de que la fuerza propulsora de la historia, incluso la de la religión, la filosofía, y toda teoría, no es la crítica, sino la revolución. Esta concepción revela que la historia no termina disolviéndose en la «autoconciencia», como el «espíritu del espíritu», sino que en cada una de sus fases se encuentra un resultado material, una suma de fuerzas productivas, una actitud históricamente creada de los hombres hacia la naturaleza y de los unos hacia los otros, que cada generación transfiere a la que le sigue, una masa de fuerzas productivas, capitales y circunstancias, que, aunque de una parte sean modificados por la nueva generación, dictan a ésta, de otra parte, sus propias condiciones de vida y le imprimen un determinado desarrollo, un carácter especial; de que, por tanto, las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”.


NOTA: Las fechas, los subrayados en cursiva o con línea y los paréntesis, me pertenecen. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

REFLEXIONES SOBRE EL MARXISMO (IV(


La razón”, puesta en el centro del proscenio histórico por la Filosofía de las Luces y la nueva metafísica de Hegel no dio respuesta a dos problemas fundamentales que tenía planteados la filosofía: el origen del mundo y la desigualdad social.

La negación de los argumentos de los teólogos, en la primera, deja en pie, no obstante, la existencia de un “creador”, de un “Primer motor” (el “primus motor” de Aristóteles) y el “Ser Supremo” de los jacobinos, que Rosenthal y Iudín, explican de esta manera en su “Diccionario Filosófico”:

“El materialismo mecanicista es una de las fases en el desarrollo de la filosofía materialista. El materialismo mecanicista trata de interpretar todos los fenómenos de la Naturaleza con la ayuda de las leyes de la mecánica y de reducir todos los procesos y fenómenos cualitativamente distintos de la Naturaleza (químicos, biológicos, psíquicos, etc.) a procesos mecánicos. El movimiento no es considerado como un cambio en general, sino como el desplazamiento mecánico de los cuerpos en el espacio, resultado de una acción externa, del choque de un cuerpo con otro.” (…).

“El materialismo mecanicista era en su tiempo (siglos XVII y XVIII) una etapa históricamente necesaria y progresista en el desarrollo de la filosofía materialista. Esta forma del materialismo fue condicionada por el hecho de que por aquel entonces sólo la mecánica y las matemáticas, de entre todas las ciencias, habían alcanzado ya un nivel de desarrollo relativamente alto”.

Por su parte, la nueva metafísica de Hegel partía de “una idea que era, al mismo tiempo la nada” (Dios), para explicar el origen del mundo, apoyándose en el “Evangelio de San Juan” (“Nuevo Testamento”): “En el principio era el verbo y el verbo era Dios” – (1:1-3).

En la Introducción, parágrafo 1º, de su obra, “Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas” (1817), Hegel afirma: “La filosofía carece de una ventaja de la que gozan las otras ciencias. No puede, como ellas, retener por el resto de su existencia los objetos naturales admitidos por su conciencia. Los objetos de la filosofía, es cierto, son como los de la religión. En ambas, el objetivo es la verdad, en el sentido de que Dios y únicamente Dios, es la verdad”.

El segundo problema –la desigualdad social-, es, en “La Filosofía de las Luces”, abordado por J.J. Rousseau en su obra “Discurso sobre los fundamentos de1a desigualdad entre los hombres” (1754).

El autor se pregunta:

 “¿Cómo conocer la fuente de la desigualdad entre los hombres, si antes no se les conoce a ellos? Y ¿Cómo llegará el hombre a contemplarse tal cual lo ha formado la naturaleza, a través de todos los cambios que la sucesión del tiempo y de las cosas ha debido producir en su complexión original, y distinguir entre lo que forma su propia constitución y lo que las circunstancias y su progreso han añadido o cambiado a su estado primitivo? Semejante a la estatua de Glauco, que el tiempo, el mar y las tormentas habían de tal suerte desfigurado que parecía más bien una bestia feroz que un dios, el alma humana, alterada en el seno de la sociedad por mil causas que se renuevan sin cesar, por la adquisición de una multitud de conocimientos y de errores, por las modificaciones efectuadas en la constitución de los cuerpos y por el choque continuo de las pasiones, ha, por decirlo así, cambiado de apariencia hasta tal punto, que es casi incognoscible, encontrándose, en vez del ser activo que obra siempre bajo principios ciertos e invariables, en vez de la celeste y majestuosa sencillez que su autor habíale impreso,el deforme contraste de la pasión que cree razonar y el entendimiento que delira” (Prefacio).

Engels considera en su “Antiduhring” (1878), que Rousseau utiliza en esta obra la dialéctica (el movimiento, el cambio social), pero sin conexión con la filosofía, bajo la influencia, en el siglo XvIII, del “modo metafísico de pensar inglés” que Rosenthal y Iudín describen así:

“El método metafísico fue una fase, históricamente condicionada, en la evolución del pensamiento humano. La desintegración de la Naturaleza en sus partes integrantes, la división de los diversos fenómenos y objetos de la Naturaleza en determinadas clases, fue condición importantísima para los enormes éxitos que las ciencias naturales habían alcanzado durante los siglos XV-XVIII. Pero este modo de estudio dejó el hábito de examinar los objetos y los fenómenos al margen de sus conexiones, al margen del desarrollo y del cambio. “Para el metafísico, las cosas y sus imágenes mentales, es decir, los conceptos, son objetos aislados, inmutables, fijos, dados de una vez para siempre, enfocados uno tras otro e independientemente el uno del otro” (Engels).

En la obra citada, Engels explica el paso siguiente de la filosofía –el materialismo dialéctico-, y el nacimiento de la “Teoría del Socialismo Científico”:

“El socialismo moderno es ante todo, por su contenido, el producto de la percepción de las contraposiciones de clase entre poseedores y desposeídos, asalariados y burgueses, por una parte, y de la anarquía reinante en la producción, por otra. Pero, por su forma teorética, se presenta inicialmente como una ulterior continuación, en apariencia más consecuente, de los principios sentados por los grandes ilustrados franceses del siglo XVIII. Como toda nueva teoría, el socialismo moderno tuvo que enlazar con el material mental que halló ya presente, por más que sus raíces estuvieran en los hechos económicos.

Continúa Engels más adelante:

“Cuando sometemos a la consideración del pensamiento la naturaleza o la historia humana, o nuestra propia actividad espiritual, se nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito entrelazamiento de conexiones e interacciones, en el cual nada permanece siendo lo que era, ni como era ni donde era, sino que todo se mueve, se transforma, deviene y perece.
Esta concepción del mundo, primaria e ingenua, pero correcta en cuanto a la cosa, es la de la antigua filosofía griega, y ha sido claramente formulada por vez primera por Heráclito: todo es y no es, pues todo fluye, se encuentra en constante modificación, sumido en constante devenir y perecer. Pero esta concepción, por correctamente que capte el carácter general del cuadro de conjunto de los fenómenos, no basta para explicar las particularidades de que se compone aquel cuadro total, y mientras no podamos hacer esto no podremos tampoco estar en claro sobre el cuadro de conjunto. Para conocer esas particularidades tenemos que arrancarlas de su conexión natural o histórica y estudiar cada una de ellas desde el punto de vista de su constitución, de sus particulares causas y efectos, etc. Esta es por de pronto la tarea de la ciencia de la naturaleza y de la investigación histórica, ramas de la investigación que por muy buenas razones no ocuparon entre los griegos de la era clásica sino un lugar subordinado, puesto que su primera obligación consistía en acarrear y reunir material. Los comienzos de la investigación exacta de la naturaleza han sido desarrollados por los griegos del período alejandrino y más tarde, en la Edad Media, por los árabes; pero una verdadera ciencia de la naturaleza no data propiamente sino de la segunda mitad del siglo XV, y a partir de entonces ha hecho progresos con velocidad siempre creciente. La descomposición de la naturaleza en sus partes particulares, el aislamiento de los diversos procesos y objetos naturales en determinadas clases especiales, la investigación del interior de los cuerpos orgánicos según sus muy diversas conformaciones anatómicas, fue la condición fundamental de los progresos gigantescos que nos han aportado los últimos cuatrocientos años al conocimiento de la naturaleza. Pero todo ello nos ha legado también la costumbre de concebir las cosas y los procesos naturales en su aislamiento, fuera de la gran conexión de conjunto. No en su movimiento, por tanto, sino en su reposo; no como entidades esencialmente cambiantes, sino como subsistencias firmes; no en su vida, sino en su muerte. Y al pasar ese modo de concepción de la ciencia natural a la filosofía, como ocurrió por obra de Bacon y Locke, creó en ella la específica limitación de pensamiento de los últimos siglos, el modo metafísico de pensar”.

“Para el metafísico, las cosas y sus imágenes mentales, los conceptos, son objetos de investigación dados de una vez para siempre, aislados, uno tras otro y sin necesidad de contemplar el otro, firmes, fijos y rígidos. El metafísico piensa según rudas contraposiciones sin mediación: su lenguaje es sí, sí, y no, no, que todo lo que pasa de eso del mal espíritu procede. Para él, toda cosa existe o no existe: una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y algo diverso. Lo positivo y lo negativo se excluyen lo uno a lo otro de un modo absoluto; la causa y el efecto se encuentran del mismo modo en rígida contraposición. Este modo de pensar nos resulta a primera vista muy plausible porque es el del llamado sano sentido común. Pero el sano sentido común, por apreciable compañero que sea en el doméstico dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en cuanto que se arriesga por el ancho mundo de la investigación, y el modo metafísieo de pensar, aunque también está justificado y es hasta necesario en esos anchos territorios, de diversa extensión según la naturaleza de la cosa, tropieza sin embargo siempre, antes o después, con una barrera más allá de la cual se hace unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en irresolubles contradicciones, porque atendiendo a las cosas pierde su conexión, atendiendo a su ser pierde su devenir y su perecer, atendiendo a su reposo se olvida de su movimiento: porque los árboles no le dejan ver el bosque”.

“Del mismo modo es todo ser orgánico en cada momento el mismo y no lo es; en cada momento está elaborando sustancia tomada de fuera y eliminando otra; en todo momento mueren células de su cuerpo y se forman otras nuevas; tras un tiempo más o menos largo, la materia de ese cuerpo se ha quedado completamente renovada, sustituida por otros átomos de materia, de modo que todo ser organizado es al mismo tiempo el mismo y otro diverso. También descubrimos con un estudio más atento que los dos polos de una contraposición, como positivo y negativo, son tan inseparables el uno del otro como contrapuestos el uno al otro, y que a pesar de toda su contraposición se interpretan el uno al otro; también descubrimos que causa y efecto son representaciones que no tienen validez como tales, sino en la aplicación a cada caso particular, y que se funden en cuanto contemplamos el caso particular en su conexión general con el todo del mundo, y se disuelven en la concepción de la alteración universal, en la cual las causas y los efectos cambian constantemente de lugar, y lo que ahora o aquí es efecto, allí o entonces es causa, y viceversa”. (…)

“La naturaleza es la piedra de toque de la dialéctica, y tenemos que reconocer que la ciencia moderna ha suministrado para esa prueba un material sumamente rico y en constante acumulación, mostrando así que, en última instancia, la naturaleza procede dialéctica y no metafísicamente. Pero como hasta ahora pueden contarse con los dedos los científicos de la naturaleza que han aprendido a pensar dialécticamente, puede explicarse por este conflicto entre los resultados descubiertos y el modo tradicional de pensar la confusión ilimitada que reina hoy día en la ciencia natural, para desesperación de maestros y discípulos, escritores y lectores”.

“Sólo, pues, por vía dialéctica, con constante atención a la interacción general del devenir y el perecer, de las modificaciones progresivas o regresivas, puede conseguirse una exacta exposición del cosmos, de su evolución y de la evolución de la humanidad, así como de la imagen de esa evolución en la cabeza del hombre. En este sentido obró desde el primer momento la reciente filosofía alemana. Kant (1724-1804) inauguró su trayectoria (1754) al disgregar el estable sistema solar newtoniano y su eterna duración después del célebre primer empujón en un proceso histórico: en el origen del Sol y de todos los planetas a partir de una masa nebular en rotación. Al mismo tiempo infirió la consecuencia de que con ese origen quedaba simultáneamente dada la futura muerte del sistema solar. Su concepción quedó consolidada medio siglo más tarde matemáticamente por Laplace (1796), y otro medio siglo después el espectroscopio mostró la existencia de tales masas incandescentes de gases en diversos grados de condensación y en todo el espacio cósmico”.

En otra parte, de su exposición general, sigue Engels:

“Hoy sabemos que aquel Reino de la Razón (“Filosofía francesa de las Luces”, del siglo XVIII), no era nada más que el Reino de la Burguesía idealizado, que la justicia eterna encontró su realización en los tribunales de la burguesía, que la igualdad desembocó en la igualdad burguesa ante la ley, que como uno de los derechos del hombre más esenciales se proclamó la propiedad burguesa y que el Estado de la Razón, el contrato social roussoniano, tomó vida, y sólo pudo cobrarla, como república burguesa democrática. Los grandes pensadores del siglo XVIII, exactamente igual que todos sus predecesores, no pudieron rebasar los límites que les había puesto su propia época”.

“Pero junto a la contraposición entre nobleza feudal y burguesía existía la contraposición general entre explotadores y explotados, entre ricos ociosos y pobres trabajadores. Fue precisamente esa circunstancia lo que permitió a los representantes de la burguesía situarse como representantes no de una clase particular, sino de la entera humanidad en sufrimiento. Aún más. Desde su mismo nacimiento la burguesía traía su propia contraposición: no pueden existir capitalistas sin trabajadores asalariados, y en la misma razón según la cual el burgués gremial de la Edad Media dio de sí el burgués moderno, el trabajador gremial y el jornalero sin gremio fueron dando en proletarios. Y aunque a grandes rasgos la burguesía pudo pretender con razón que en la lucha contra la nobleza representaba al mismo tiempo los intereses de las diversas clases trabajadoras de la época, en todo gran movimiento burgués se manifestaron agitaciones independientes de aquella clase que fue la precursora más o menos desarrollada del moderno proletariado. Así ocurrió en la época de las guerras religiosas y campesinas alemanas con la tendencia de Thomas Münzer; en la gran Revolución inglesa con los levellers; en la gran Revolución Francesa con Babeuf. Junto a estas manifestaciones revolucionarias de una clase aún inmadura se produjeron manifestaciones teoréticas; en los siglos XVI y XVII, descripciones utópicas de situaciones sociales ideales; en el siglo XVIII, ya explícitas teorías comunistas (Morelly y Mably). La exigencia de igualdad no se limitó a los derechos políticos, sino que se amplió a la situación social del individuo; no se trataba de suprimir meramente los privilegios de clase, sino también las diferencias de clase. Y así fue la primera forma de manifestación de la nueva doctrina un comunismo ascético que enlazaba con Esparta. A eso siguieron los tres grandes utópicos: Saint Simon, en el cual la tendencia burguesa aún conserva cierto valor junto a la proletaria; Fourier, y Owen, que, en el país de la producción capitalista más desarrollada y bajo la impresión de las contraposiciones por ella producidas, desarrolló sistemáticamente sus propuestas para la eliminación de las diferencias de clase, enlazando directamente con el materialismo francés”.

Engels, Federico: “Antiduhring”, “La Revolución de la Ciencia de Eugenio Duhring” (1878), Introducción.
Archivo:

NOTA: Los subrayados,y textos en cursiva, fechas y aclaraciones entre paréntesis, me pertenecen. RPF.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

REFLEXIONES SOBRE EL MARXISMO (III)


La burguesía francesa derribó los restos del Antiguo Orden Feudal, que defendían los estamentos de la Nobleza y el Clero, los dos pilares de la monarquía absoluta y pretendió con la sanción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, unificar en torno a ella, a todas las capas sociales. Pero este objetivo solo podía ser alcanzado con políticas económicas concretas que sacaran al grueso de la población de la miseria. Es obvio que con programas como los elaborados por la Escuela Fisiocrática, no  podía lograrlo.

Pronto, la pequeña burguesía de intelectuales, inspirados en las concepciones políticas de J.J. Rousseau, se constituyeron en bloque en la Asamblea Nacional Constituyente, encabezados por figuras como el abogado Maximiliano de Robespierre y el médico y científico, Jean-Paul Marat, autodefinidos como “los amigos del pueblo”, con amplia base social en la ciudad de París pero no en la campaña.

La poderosa burguesía comercial girondina, aliada a sectores de la nobleza, logró sancionar una Constitución, en 1791, inspirada en la experiencia británica, de mantener al Rey, como figura representativa de la nación pero trasladando el poder político real a la Asamblea, en la cual tenía la mayoría.

Esta fórmula fue aceptada, bajo presión, por Luis XVI pero rechazada por sus hermanos en el exilio y toda la realeza europea que le declaró la guerra al gobierno revolucionario. El rey intentó huir el 20 de julio de 1991, provocando con ello el fracaso de la fórmula girondina, la radicalización de la Revolución y el fortalecimiento de los jacobinos.
Ni el contexto nacional ni internacional permitían esta radicalización y el gobierno jacobino fue derribado el 27 de de julio de 1794 (9 de Termidor), dando paso a una reacción conservadora que culminó con el ascenso de Napoleón Bonaparte mediante un Golpe de Estado, el 9 de noviembre de 1799 (18 de Brumario), disfrazado de “Consulado Vitalicio” (1802) e “Imperio” (1804)  que estableció una virtual dictadura burguesa (1799-1815), apoyada en la guerra imperial con las monarquías de toda Europa.

La Filosofía de las Luces, para los déspotas ilustrados, había mostrado su verdadero rostro y es en Prusia donde impacta de tal forma que produce un viraje en el pensamiento filosófico alemán.

La Revolución Francesa, había sido recibida con simpatía por la intelectualidad alemana a través de exponentes tan prestigiosos como Kant, Goethe, Schiller, Lessing, Hegel y músicos como Beethoven. Esta situación cambió radicalmente después de la derrota de Prusia en la Batalla de Jena (14 de octubre de 1806) y la ocupación del territorio, durante un año, por el ejército de Napoleón que consumió todas las reservas de trigo provocando una hambruna en el Reino.

Los filósofos alemanes reaccionaron de inmediato. Johann G. Fichte, pronunció, entre diciembre de 1807 y marzo de 1808, 14 Discursos a la Nación Alemana, denunciando lo que había detrás de la Filosofía de las Luces, que Prusia había adoptado, en la segunda mitad del siglo XVIII como guía espiritual y hace un enérgico llamado a volver a las raíces de la cultura alemana.

En su primer discurso, Fichte expresa que sus dichos son la continuación de las lecciones ofrecidas hace tres años y que fueron tituladas “Características de la época actual”. “En aquellas lecciones hice ver que nuestra época tiene lugar en la tercera de las tres edades principales de la historia del mundo  que ha hecho del mero interés material el móvil de todas sus emociones e impulsos vitales, que se entiende y concibe a sí misma de manera perfecta solo dentro del mencionado móvil y que, al comprender su ser de esta manera clara se manifiesta en su esencia vital y se asegura de modo inamovible”.

Después de afirmar que Prusia ha perdido su autonomía por la acción de “fuerzas extranjeras” dijo: “Esta situación actual ha aniquilado y arrebatado los vínculos de unidad y ya nunca podrán volver otra vez y es   el rasgo común de la “germanidad”  el que podrá liberarnos de la ruina de nuestra nación en la confluencia con el extranjero y ganar de nuevo una individualidad sustentada en sí misma e incapacidad del todo para cualquier dependencia”.
(xa.yimg.com/.../Fichte.+Discursos+a+la+nación+alemana+(selección).pdf).

Kant había fallecido en 1804. Fichte, Schelling y Hegel, se dedican a la tarea de rescatar la perdida “germanidad”. Fichte será el primer rector de la Universidad de Berlín, fundada en 1810, por el Emperador Federico-Guillermo III, a iniciativa de su ministro, el filósofo Guillermo de Humboldt; Schelling se remontará a los lejanos mitos del medioevo germano y Georg W. F. Hegel (1770-1831), buscará en la evolución, no caótica sino “racional” del “espíritu”, el lugar de la civilización alemana en la Historia.

En lo que fue la mayor construcción teórica de una nueva metafísica, Hegel comenzó con la publicación, en 1807, de su “Fenomenología del Espíritu”; le siguió “Ciencia de la Lógica” (1812-1816), la “Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas” (1817) y a partir de 1820, ya Rector de la Universidad de Berlín publica, en 1821 , “Filosofía del Derecho” y sus clases y conferencias sobre Historia, Arte y Religión, recogidas por sus alumnos, son publicadas después de su muerte, en 1831, con el nombre de “Lecciones”.  

Para Hegel, el desarrollo del espíritu es “dialéctico”. El espíritu divino, anidado en los hombres en las comienzos de la humanidad es conciencia difusa que solo percibe lo inmediato, el cuerpo y el medio natural que lo rodea. En una segunda etapa, el Hombre descubre las posibilidades de su propia conciencia que será, ahora, autoconciencia. El atributo fundamental de ésta es la razón que progresivamente –en el devenir-, se va apropiando del mundo hasta alcanzar el saber absoluto.

En sus “Lecciones sobre Filosofía de la Historia”, “La Historia es la historia del hombre y el hombre es racional. Él busca la libertad de modo confuso pero la quiere por encima de todo”. Esta búsqueda, según Hegel pasa por cuatro etapas: : la infancia es el Oriente y el despotismo oriental; la juventud, el mundo griego; la edad adulta, el Imperio Romano; el Imperio Germánico Cristiano, es la vejez, cargada de sabiduría, y la madurez perfecta.

La “Fenomenología del Espíritu” es el núcleo de la filosofía de Hegel. En el prólogo, expresa:

“No es difícil darse cuenta, por lo demás, de que vivimos en tiempos de gestación y de transición hacía una nueva época. El espíritu ha roto con el mundo anterior de su ser allí y de su representación y se dispone a hundir eso en el pasado, entregándose a la tarea de su propia transformación. El espíritu, ciertamente, no permanece nunca quieto, sino que se halla siempre en movimiento incesantemente progresivo. Pero, así como en el niño, tras un largo periodo de silenciosa nutrición, el primer aliento rompe bruscamente la gradualidad del proceso puramente acumulativo en un salto cualitativo, y el niño nace, así también el espíritu que se forma va madurando lenta y silenciosamente hacía la nueva figura, va desprendiéndose de una partícula tras otra de la estructura de su mundo anterior y los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por medio de síntomas aislados; la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitorios de que algo otro se avecina. Estos paulatinos desprendimientos, que no alteran la fisonomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por la aurora que de pronto ilumina como un rayo la imagen del mundo nuevo”.
(…)
“… el individuo es la forma absoluta, es decir, la certeza inmediata de sí mismo; y, si se prefiere esta expresión, es de este modo ser ncondicionado. Si el punto de vista de la conciencia, el saber de cosas objetivas por oposición a sí misma y de sí misma por oposición a ellas, vale para la ciencia como lo otro -y aquello en que se sabe cercana a sí misma más bien como la pérdida del espíritu-, el elemento de la ciencia es para la conciencia, por el contrario, el lejano más allá en que ésta ya no se posee a sí misma. Cada una de estas dos partes parece ser para la otra lo inverso a la verdad. El que la conciencia natural se confíe de un modo inmediato a la ciencia es un nuevo intento que hace, impulsada no se sabe por qué, de andar de cabeza; la coacción que sobre ella se ejerce para que adopte esta posición anormal y se mueva en ella es una violencia que se le quiere imponer y que parece tan sin base como innecesaria. Sea en sí misma lo que quiera, la ciencia se presenta en sus relaciones con la autoconciencia inmediata como lo inverso a ésta, o bien, teniendo la autoconciencia en la certeza de sí misma el principio de su realidad, la ciencia, cuando dicho principio para sí se halla fuera de ella, es la forma de la irrealidad. Así, pues, la ciencia tiene que encargarse de unificar ese elemento con ella misma o tiene más bien que hacer ver que le pertenece y de qué modo le pertenece. Carente de tal realidad, la ciencia es solamente el contenido, como el en sí, el fin que no es todavía, de momento, más que algo interno; no es en cuanto espíritu, sino solamente en cuanto sustancia espiritual. Este en sí tiene que exteriorizarse y convertirse en para sí mismo, lo que quiere decir, pura y simplemente, que él mismo tiene que poner la autoconciencia como una con él”.

“Este devenir de la ciencia en general o del saber es lo que expone esta Fenomenología del espíritu. El saber en su comienzo, o el espíritu inmediato, es lo carente de espíritu, la conciencia sensible. Para convertirse en auténtico saber o engendrar el elemento de la ciencia, que es su mismo concepto puro, tiene que seguir un largo y trabajoso camino. Este devenir, como habrá de revelarse en su contenido y en las figuras que en él se manifiestan, no será lo que a primera vista suele considerarse como una introducción de la conciencia acientífica a la ciencia, y será también algo distinto de la fundamentación de la ciencia –y nada tendrá que ver, desde luego, con el entusiasmo que arranca inmediatamente del saber absoluto como un pistoletazo y se desembaraza de los otros puntos de vista, sin más que declarar que no quiere saber nada de ellos”.



martes, 8 de diciembre de 2015

REFLEXIONES SOBRE EL MARXISMO (II)



La Filosofía de las Luces o “Iluminismo”, ascendió en paralelo con la consolidación de la burguesía comercial francesa, que no había alcanzado, todavía el grado de “burguesía industrial manufacturera” como en Inglaterra.

La importancia de esta filosofía promotora de las ciencias Naturales y  las técnicas, llamó la atención de monarcas europeos, como Federico II de Prusia, Catalina II de Rusia, José II de Austria, Carlos III de España y José I de Portugal. La Masonería, sociedad secreta de intelectuales y empresarios, difusores del Iluminismo, proveyó a estos monarcas absolutos de ministros dispuestos a modernizar las economías de estos Reinos. Figuras como Voltaire y Diderot, tuvieron gran influencia en Prusia y en Rusia, llegando la lengua francesa a constituirse en la segunda, en esas Cortes.

En Francia, la Filosofía de las Luces fue más lejos. Elaboró las teorías burguesas del Estado, la Educación y la Economía, creando el aparato ideológico para el asalto del poder político en el momento oportuno, lo que ocurrió el 5 de mayo de  1789, cuando los Estados Generales (los tres estamentos sociales: Nobleza,Clero y Tercer Estado), convocados el año anterior por el Rey Luis XVI,  que estaba muy endeudado, solicitándole a los tres estamentos –Nobles, Clero y Burgueses-, la asistencia financiera,  negándose los burgueses a sostener financieramente al monarca y luego, el 17 de junio, reunidos los burgueses en un Frontón para la práctica de la pelota de mano, se transformaron en Asamblea Nacional hasta su conversión en Asamblea Nacional Constituuyente, el 9 de julio, en Versalles, con la incorporación de la Nobleza y el Clero.

En 1762, el ginebrino Juan Jacobo Rousseau, publicó “El Contrato Social”. En el Capítulo I, expresa: “El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás. ¿Cómo se ha operado esta transformación?  Lo ignoro. ¿Qué puede imprimirle el sello de legitimidad?”
“Creo poder resolver esta cuestión”.
“Si no atendiese más que a la fuerza y a los efectos que de ella se derivan, diría: «En tanto que un pueblo está obligado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo, y lo sacude, obra mejor aún, pues recobrando su libertad con el mismo derecho con que le fue arrebatada, prueba que fue creado para disfrutar de ella. De lo contrario, no fue jamás digno de arrebatársela." Pero el orden social constituye un derecho sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin embargo, este derecho no es un derecho natural: está fundado sobre convenciones. Trátase de saber cuáles son esas convenciones; pero antes de llegar a ese punto, debo fijar o determinar lo que acabo de afirmar”.


Dos años después, también en Ginebra, Voltaire publica “El Diccionario Filosófico”.
En el prólogo, Voltaire realiza una defensa encendida de la Enciclopedia que en su país ha encontrado el rechazo de los jesuitas y jansenitas (Movimiento católico antijesuita y galicano), mientras en otros países sus orientaciones fundamentales han sido adoptadas.

La obra es la reunión de extensos artículos –algunos escritos para la Enciclopedia-, con una finalidad pedagógica y propagandística de las ideas de la nueva filosofía,  que suman 350 páginas pero su centro es un cuestionamiento de las religiones. Un ejemplo, es el peffil que traza de  Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús” (1534). Es un artículo extenso, del cual he seleccionado un fragmento, ilustrativo de la posición ideológica y del estilo de Voltaire:

“¿Podéis decirme en conciencia si hubo jamás en el mundo otro hombre más digno de ser encerrado en un manicomio que san Ignacio,  o sea Íñigo el de Vizcaya, que era su verdadero nombre de pila? Le trastorna el juicio la lectura de la Leyenda Aurea, igual que más tarde trastornan a Don Quijote los libros de caballería. El bueno de Íñigo empieza por ser el caballero de la Virgen y vela sus armas en honor de su dama. Se le aparece la Santa Virgen y le acepta sus servicios, luego se le aparece otras veces llevando consigo a su Hijo”.

“Lucifer, que está en acecho y prevé todo el mal que los jesuitas le causarán un día, arma un zafarrancho mayúsculo dentro de la casa, rompiendo todos los cristales. Pero el paladín de la Virgen lo expulsa haciéndole el signo de la cruz; Lucifer huye a través de las paredes dejando en ellas una gran abertura, que cincuenta años después del hecho se enseña a los curiosos”.

“Su familia, al ver el trastorno de sus facultades mentales, piensa en encerrarle y ponerle a dieta, pero él hace fú a su familia igual que al diablo y huye de ella sin saber a dónde”.

“Encuentra a un moro y discute sobre la Inmaculada Concepción; el moro, que comprende su estado, le deja lo más pronto que puede. Íñigo no sabe qué hacer, si matar al moro o rezar a Dios por él; deja que decida esta cuestión su caballo, más cuerdo que él, y toma el camino de la cuadra”.

“Ignacio, después de esta aventura, resuelve ir en peregrinación a Belén, mendigando. Su locura aumenta en el camino, los dominicos del convento de Manresa se apiadan de él y lo retienen varios días, hasta que le dejan viendo que no conseguían curarle. Embarca en Barcelona y arriba a Venecia, de donde le expulsan; vuelve a Barcelona, siempre
mendigando, siempre teniendo éxtasis y viendo  con frecuencia a la Santa Virgen y a Jesucristo”.

“Al fin le hacen comprender que, para ir a Tierra Santa a convertir turcos, cristianos de la Iglesia griega, armenios y judíos, necesitaba estudiar algo de teología. Ignacio no deseaba otra cosa, mas para ser teólogo es indispensable saber gramática y conocer latín, pero esto
no le arredra. Va a la escuela a la edad de treinta y tres años a estudiar esas materias y allí se burlan de él y no aprende nada”.

“Desesperado de no poder ir a convertir infieles, le tiene lástima el diablo, se le aparece y jura bajo la fe de cristiano que si accede a entregarse a él lo convertirá en el hombre más sabio de la Iglesia de Dios. Ignacio no tiene inconveniente en someterse a la disciplina de
semejante maestro y vuelve a asistir a clase, donde le dan de latigazos algunas veces, pero no por eso llega a ser más sabio”.

Em el campo de la educación, la personalidad más destacada fue Nicolás Condorcet (1743-1794), un intelectual de vasta cultura: matemático, economista, historiador, filósofo, pedagogo. Militó en el Partido Girondino, liberal, expresión de la burguesía comercial del Departamento de La Gironda.

Durante la Revolución, integró las Asambleas Nacional y Constituyente y presentó el proyecto de Reforma Educativa de su partido, basado en los conceptos siguientes:

“EDUCACIÓN
**La educación es un deber de la nación con respecto a si misma, es una manera de que ella se aplique a si misma voluntad y su poder soberano.

**Las finalidades de la educación reflejan su fe en el porvenir de una democracia capaz de asegurar la felicidad y el desarrollo de todos los individuos, así como el progreso indefinido del espíritu humano

**OBJETIVOS:

“Ofrecer a cada individuo la facilidad de desarrollar sus facultades naturales, de atender sus necesidades y de asegurar su bienestar, de conocer y de ejercer sus derechos, de comprender y cumplir sus deberes y de perfeccionar su capacidad productiva”.
“Establecer entre los ciudadanos una igualdad de hecho y dar realidad a la igualdad política reconocida por la ley”.
“Procurar por todos los medios, ilustrar a todos los ciudadanos que no han podido recibir una instrucción completa o que no la han aprovechado lo suficiente; se debe ofrecerles la facultad de adquirir a cualquier edad, los conocimientos que puedan serles útiles”.
**La educación es un instrumento idóneo para contribuir a la realización del progreso indefinido.

**Concibe una instrucción compartida por hombres y mujeres.

**PRINCIPIOS:

Pública
Democrática
Universal
Gratuita
Laica
Igualitaria
Liberadora.

DOCENCIA
Funciones del maestro:

a) Enseñar a leer y escribir a los niños.

b) Participar activamente en la organización de festividades cívicas.

c) Leer a los habitantes adultos el almanaque patriótico y el catecismo cívico para enriquecer el espíritu y el corazón.

d) Fortalecer la cohesión de la nación, única e indivisible.

e) Utilizar libros elementales.

f) Enseñar por medio de la razón y la experimentación

g) No basarse en creencias, religiones ni inculcar "culto jurídico o institucional".

h) Fomentar la imaginación infantil sin apoderarse de ella.

i) No presentar actitud discriminatoria e injuriosa contra el niño.

j) Perfeccionar sus métodos de enseñanza.

**La contratación de maestros será con base a los criterios de preparación según la materia que enseñen”.

Un médico cirujano de la Corte de Luis XV, François Quesnay, de vasta cultura, fue el fundador de la primera escuela de economistas, la Escuela Fisiocrática que integraron, entre otros, Jacques Turgot, Vicent Gournay y Pierre Pont de Nemours.

A mediados del siglo XVIII, el capitalismo comercial había penetrado en el campo invirtiendo, principalmente, en la producción de granos y el volumen alcanzado exigía un mercado nacional libre de obstáculos administrativos y fiscales. La política económica exigía derribar todas las barreras que interponía la estructura feudal subsistente.
En 1758, Quesnay publico el “Tableau Economique” que es el marco teórico de la Fisiocracia. Para el autor, solo la tierra es la productora de riqueza, explicando el funcionamiento de la economía de esta manera:

“Los gastos de producción se emplean en la agricultura, prados, pastos, bosques, minas, pesca, etc., para perpetuar la riqueza en forma de granos, bebidas, madera, ganado, materias primas para la artesanía, etc.”

“Los gastos estériles están hechos a productos de artesanía, vivienda, ropa, intereses sobre el dinero, los funcionarios, los gastos comerciales, materias primas extranjeras, etc.”

“La venta del producto neto que el cultivador ha producido durante el año anterior, por medio de los avances anuales de 600 libras empleados en la agricultura por el granjero, proporciona al propietario una renta de 600 libras”.

“Los anticipos anuales de 300 libras en gastos estériles se emplean para el capital y los gastos de comercio, para la compra de materias primas para la artesanía, y para la subsistencia y otras necesidades del artesano hasta que ha terminado y vendido su producto”.

Gournay proclamó y difundió la famosa consigna del liberalismo: “Laissez faire, lessez passer” (“Dejad hacer, dejad pasar”), pero fue Turgot (1727-1781) el más destacado exponente de la Escuela Fisiocrática. Llegó a ser Ministro de Marina primero y luego Inspector General de Finanzas, de Luis XVI, en un momento (1774), cuando la situación era desesperada y la mala cosecha, amenazaba con una hambruna a la población. Su política fue la de una drástica reducción de los gastos del Estado, sin subir los impuestos y se opuso, infructuosamente, a la participación francesa en apoyo a los independentistas de las  Colonias Británicas en América del Norte.

Intentó una reforma tributaria que consistía en sustituir los impuestos indirectos por el impuesto inmobiliario, pero también fracasó. No tuvo éxito tampoco su decreto de libre comercio, por el peso que tenía la nobleza en la Corte. No obstante, el mayor enemigo de su gestión fue la mala cosecha de granos de 1774 que provocó el acaparamiento y la elevación de los precios, estallando disturbios en distintas zonas de Francia. La represión fue violenta y, de acuerdo a su plan, propuso, en 1776, la eliminación de la “Corvea real” (Obligación de trabajar gratuitamente en las tierras de los nobles) y la supresión de todos los privilegios de la nobleza y el clero.  Su posición en el gobierno se hizo insostenible y el rey lo relevó en mayo de 1776, falleciendo cinco años después.

lunes, 7 de diciembre de 2015

REFLEXIONES SOBRE EL MARXISMO (I)


Que el Sistema Económico y social Capitalista es injusto, nadie lo niega. La diferencia de las opiniones dominantes es que se trata del mejor sistema posible de los conocidos históricamente, opinión generalizada después del derrumbe de la Unión Soviética en 1991.

El capitalismo es injusto porque su ley de desarrollo es la ganancia del propietario privado de los medios de producción y de cambio, lo que presupone la explotación del trabajo asalariado, la imperiosa necesidad de un ejército de desocupados como colchón regulador de los salarios, la desigualdad distribución de la riqueza creada por la desigual relación entre capital y trabajo que genera ciclos de auge, recesión o depresión, que paga la clase trabajadora y la progresiva exclusión social de continentes enteros por la brecha creada por la Revolución Científico-Técnica de los países más desarrollados.

La explotación de una clase social sobre las otras, existió desde las primeras civilizaciones. Lo que cambió, históricamente, fue su forma: Primero el esclavismo, luego la servidumbre y finalmente, el capitalismo y el orden burgués. Digamos, también, que en todos estos sistemas hubo revoluciones que concluyeron aplastadas. Las religiones politeístas fueron la sombrilla ideológica de la clase dominante; el monoteísmo, con un Dios invisible, y por lo tanto carente de imágenes,  creador de la tierra y el cielo, la ideología de las grandes masas explotadas pero esta religión fue primeramente perseguida en guerras sangrientas y luego coptada por la clase dominante, que la convirtió en un instrumento de su poder.

Los filósofos o “amigos del saber” que vinieron después y pertenecientes a la clase dominante, no se ocuparon de los esclavos e incluso los pusieron a su servicio.
La especulación subjetiva de la filosofía metafísica, con la razón del pensador como guía,  al margen de la experiencia social que tenía ante sus ojos y que le señalaba otro camino a la reflexión, elevó la ideología a un nivel más sofisticado, pero el desarrollo del comercio transoceánico y las necesidades de la vida urbana, elevaron el ingenio de la población para crear nuevos productos para el intercambio y el consumo, y para ello comenzó una laborr de intensa observación de la naturaleza, sus recursos y eventual transformación, acompañada de la experiencia.

“La transformación de los objetos, en el curso de la actividad humana, es la definición principal del propio hombre, expresión de su esencia y fundamento del mundo humano”, afirma el filósofo soviético, V. Stiopin.  “Por ello, las categorías que registran las características más generales, atributivas, de los objetos, que son incluidos en la actividad humana, intervienen como estructuras básicas de la conciencia humana” (…) “Al transformar, en el proceso de la práctica, objetos naturales y sociales, el hombre se modifica también a sí mismo como sujeto de la actividad….Al ampliar el círculo de los objetos de su actividad y objetivar en ellos a sí mismo, el hombre reestructura el sistema de sus relaciones  y las formas de comunicación. Sobre esta base se desarrolla su autoconciencia,  la interrelación de sus relaciones hacia los demás y de su propio mundo espiritual” (Revista Ciencias Sociales, Nº2, p.74. Moscú, 1987).

Quedaba abierto así, frente a la especulación de la intelectualidad dominante y la pasividad mental de las grandes masas campesinas, el camino a la investigación científica, auxiliada de nuevos instrumentos técnicos que permitieron la elaboración de nuevas teorías sobre la conformación física del universo y de la Tierra. Estas dos divisiones del mundo ya era notoria en el siglo XV y se afirmó en la centuria siguiente con la Física Galfdileana y Newtoniana. La filosofía no pudo ignorar este proceso y la primera grieta de toda la historia anterior la estableció René Descartes (1596-1650) con el “Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias”, en 1637.

En la sexta parte de esta obra (“Por qué he decidido escribir”), expresa: “Pero tan pronto como había adquirido algunas nociones generales relativas a la física, y, a partir de probarlas en diferentes dificultades particulares, me di cuenta hasta donde pueden llevarnos y cómo difieren de los principios en los que me había servido hasta ahora, pensé que podía mantenerlos ocultos sin pecar en gran manera contra la ley que nos obliga a nosotros a ir lo más lejos en el bien común de todos los hombres, ya que me hicieron ver que es posible llegar al conocimiento que es útil para la vida; y en vez de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, podemos encontrar una práctica por la cual, conociendo la fuerza y ​​la acción del fuego, el agua, el aire, las estrellas, la cielos y todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, se podrían utilizar de la misma manera a todos los usos a los que están disponibles, y así hacernos como dueños y poseedores de la Naturaleza. Esto no sólo es deseable para la invención de una infinidad de dispositivos y disfrutar  sin ningún problema los frutos de la tierra y todos los servicios, pero sobre todo también para la preservación de la salud, que es probablemente la primera necesidad y el fundamento de todos los demás bienes de esta vida; incluso la mente depende de este fuerte temperamento y la disposición de los órganos del cuerpo, como si fuera posible encontrar algunos medios que habitualmente hacen a los hombres más sabios y más capaces de lo que han sido hasta ahora. Y creo que es en la medicina que hay que buscarlo” (https://francescllorens.wordpress.com/2007/10/15/descartes-discurso-del-metodo-partes-5-y-6/).[i]

El sendero abierto por Descartes fue ampliado por los “Filósofos de las Luces” que proclamaron el “triunfo de la razón”. En 1751, apareció el primer volumen de la “La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios” (“L'Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers”), bajo la dirección del filósofo Denis Diderot (1713-1784). Su “Discurso preliminar” fue escrito por el matemático y filósofo,  Jean d'Alembert (1717-1783) donde expresa la finalidad de la obra y su orientación filosófica: “La obra que iniciamos (y que deseamos concluir) tiene dos propósitos: como Enciclopedia, debe exponer en lo posible el orden y la correlación de los conocimientos humanos; como Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, debe contener sobre cada ciencia y sobre cada arte, ya sea liberal, ya mecánica, los principios generales en que se basa y los detalles más esenciales que constituyen el cuerpo y la sustancia de la misma. Estos dos puntos de vista, de Enciclopedia y de Diccionario razonado, determinarán, pues, el plan y la división de nuestro Discurso preliminar. Vamos a considerarlos, a seguirlos uno tras otro, y dar cuenta de los medios por los cuales hemos tratado de cumplir este doble objeto”.

Expone a continuación todo el plan y en la Parte Cuarta, se refiere al aporte de algunos filósofos anteriores y escribe: “Los límites de este Discurso preliminar nos impiden hablar de varios filósofos ilustres que, sin proponerse campos tan amplios como los que acabamos de mencionar, no han dejado de contribuir mucho con sus trabajos al adelanto de las ciencias y, por decirlo así, han levantado una punta del velo que nos ocultaba la verdad. Entre éstos figuran: Galileo, a cuyos descubrimientos astronómicos tanto debe la geografía, así como la mecánica por su teoría de la aceleración; Harvey, al que hará inmortal el descubrimiento de la circulación de la sangre; Huyghens, al que ya hemos nombrado, y que, por sus obras llenas de fuerza y de talento, tanto bien ha merecido de la geografía y de la física; Pascal, autor de un tratado sobre la cicloide, que debe ser considerado como un prodigio de sagacidad y de penetración, y de un tratado del equilibrio de los líquidos y del peso del aire que nos ha abierto una ciencia nueva: genio universal y sublime cuyos talentos nunca echaría bastante en falta la filosofía si no hubiera servido a la religión; Malebranche, que tan bien ha señalado los errores de los sentidos y que ha conocido los de la imaginación como si la suya no le hubiera engañado muchas veces; Boyle, el padre de la física experimental; otros varios, en fin, entre los cuales deben ocupar lugar distinguido los Vesalio, los Sydenham, los Boerhaave, y numerosos anatómicos y físicos célebres” (…). Menciona también a Bacon, a Leibniz y, obviamente, a Descartes de cuya obra comenta: “Por otra parte, sin otra preocupación que la de ser útil, quizá abarcó demasiadas materias para que sus contemporáneos se dejasen instruir a la vez sobre tantos objetos. No se les permite a los genios el saber tanto; se quiere aprender algo de ellos sobre un tema determinado, pero no verse obligados a reformar todas las ideas con arreglo a las suyas. Por eso, en parte, las obras de Descartes sufrieron en Francia, después de su muerte, más persecuciones que las que el autor había sufrido en Holanda durante su vida; y sólo al cabo de muchos trabajos se atrevieron las escuelas a admitir una física que se suponía contraria a la ley de Moisés. (…)

Pero el elogio de D’Alembert está dirigido, principalmente, a Newton: Newton, es cierto, halló en sus contemporáneos menos oposición; sea porque los descubrimientos geométricos con los cuales se dio a conocer, y cuya realidad y propiedad no se podían discutir, hubiesen acostumbrado a las gentes a admirarle y a rendirle homenajes que no eran ni demasiado súbitos ni demasiado obligados; sea porque su superioridad imponía silencio a la envidia; sea, en fin -lo que parece muy difícil de creer-, porque se tratase de una nación menos injusta que las otras, tuvo la singular ventaja de ver, en vida, aceptada en Inglaterra su filosofía, y de tener por partidarios y admiradores a todos sus compatriotas. Faltaba mucho, sin embargo, para que Europa hiciese a sus obras la misma acogida. No solamente eran desconocidas en Francia, sino que aún predominaba la filosofía escolástica después de haber derribado Newton la física cartesiana; y los torbellinos fueron destruidos antes de que pensáramos en adoptarlos. Tan tardos fuimos en aceptarlos como en rechazarlos”.  Aunque los grandes méritos de Descartes no deben ser ignorados: “Respetemos siempre a Descartes, pero abandonemos sin esfuerzo las opiniones que él mismo hubiera combatido un siglo más tarde. Sobre todo, no confundamos su causa con la de sus sectarios. El genio que demostró al buscar en la más oscura noche un camino nuevo, aunque equivocado, era solamente suyo: los primeros que se atrevieron a seguirle en las tinieblas mostraron valor al menos; pero ya no hay gloria en perderse siguiendo sus huellas después de hacerse la luz (Newton). Entre los pocos sabios que todavía defienden su doctrina, él mismo hubiera desaprobado a los que se adhieren a ella por un apego servil a lo que aprendieron en su infancia, o por no sé qué prejuicio nacional, vergüenza de la filosofía. Con tales motivos, se puede ser el último de sus partidarios, pero no se hubiera tenido el mérito de ser el primero de sus discípulos, o más bien se hubiera sido su adversario, cuando en serIo no había más que injusticia. Para tener derecho a admirar los errores de un gran hombre, hay que saber reconocerlos cuando el tiempo los ha puesto en evidencia. Por eso los jóvenes, que generalmente son considerados como bastante malos jueces, son quizá los mejores en las materias filosóficas y en otras muchas, cuando no carecen de inteligencia, porque, como todo les es igualmente nuevo, no tienen otro interés que el de elegir bien”.

“Son, en efecto, los jóvenes geómetras, tanto de Francia como de los países extranjeros, los que han decidido la suerte de las dos filosofías”. (http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/enc).



jueves, 19 de noviembre de 2015

ARGENTINA: EL BALOTAJE DEL 22 DE NOVIEMBRE



La elección presidencial, en la República Argentina,  el próximo domingo, desborda ampliamente, el interés de los ciudadanos de ese país por su implicancia en las relaciones de fuerza actualmente en el mundo, ya que América Latina, que se esfuerza por romper su dependencia tradicional del imperio financiero norteño, podría salir fortalecida o debilitada.

El cambio que propone Mauricio Macri, es la vuelta a la política de Martínez de Hoz bajo la dictadura, y la de Domingo Cavallo, en el gobierno de Carlos Menem, que el ex Presidente, Raúl Alfonsín, denominó “la economía Casino”.

¿Em qué consiste esta política? Em abrir las fronteras al capital especulativo extranjero (“hot money”), sin ninguna limitación administrativa o impositiva, sobrevaluando la moneda nacional o eliminándola, creando la ilusión de que “somos un  país del Primer Mundo”. A la clase media, lamentablemente, le encanta el dólar barato, porque puede viajar sin restricciones de ningún tipo. Las consecuencias de esta política, son conocidas en todo el mundo y, en particular, en América Latina, por las crisis que ha acarreado: destrucción de la industria nacional y parálisis de las exportaciones de alimentos y materias primas, determinadas por la sobrevaluación de la moneda y el menor desarrollo tecnológico que anulan la competitividad en el mercado internacional.

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La Ley de Convertibilidad, de 1991., qie estableció el cambio de 1 peso x 1 dólar y que los argentinos eufóricos llamaron “la plata dulce”, diez años después había paralizado la economía. No quedaba otra alternativa  que devaluar con consecuencias catastróficas; en la actualidad, la situación cambiaria es diferente: existe un tipo de cambio, administrado por el Banco Central, de $A 9,50 que la autoridad monetaria corrige, aperiódicamente, de acuerdo a los precios de los productos agropecuarios exportables y de los precios internos, de modo de mantener el cambio real, asegurando el flujo del comercio exterior.

Desde el año pasado comenzaron a caer los precios de la soja y los cereales en el mercado mundial y este año la contracción se hizo general, incluyendo a la República Popular de China. Por otra parte, la inflación, en los últimos tres años ha sido constante por la política del gobierno –keynesiana-, de fortalecer permanentemente la demanda, y fortalecer la industria, el empleo y un activo mercado interno.

La economía argentina funciona, esencialmente, con recursos propios, Ek Banco Central defiende la moneda nacional con una mirada en la economía y no en la ganancia de las empresas extranjeras, como era el modelo Menem-Cavallo. Ello le ha permitido, junto con el sistema tributario, dirigir el crédito y la financiación de las pequeñas y medianas empresas, la recuperación por el Estado de las empresas y servicios sociales privatizados –incluyendo las jubilaciones y pensiones-, la universalización de las asignaciones familiares, la expansión de la investigación científico-tecnólogica y la creación de 40 universidades públicas.

Argentina no atraviesa una crisis económica. Tiene una tasa de desempleo del 6%, un presupuesto equilibrado,  una deuda externa del 40% del PIB, una balanza comercial favorable y reservas por 30 mil millones de dólares. La clase oligárquica tradicional, encabezada por la Sociedad Rural-, que ha ganado muchos dólares y los ha sacado del país por miles de millones, se queja porque han descendido sus ganancias y reclaman una macro devaluación ya que venden en dólares y pagan a sus peones con pesos devaluados y la eliminación de las retenciones que utiliza el gobierno para subsidiar el consumo y a las Pymes.

Este es el núcleo del programa de Macri. La macro devaluación de un 45% (15-16 pesos por dólar), llevará directamente a un abrupto aumento de los precios internos y la caída vertical de los salarios, echando por tierra los acuerdos de las paritarias. Para estabilizar el cambio flotante necesita un préstamo “Stand-by” del Fondo Monetario Internacional, sometiéndose -vía Carta de Intención-, a las políticas de ajuste que este impone para conceder sus créditos.

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Un país como Uruguay, con una economía más pequeña y más débil necesita, para exportar, mercados con monedas más fuertes. Cuamdo el “Real” de Brasil se devalúa, como está ocurriendo, nuestras exportaciones encuentran dificultades y el turismo también porque al brasilero de clase media le cuestan más nuestros productos. Lo mismo ocurre con Argentina a la que exportamos automóviles y motos encamblados aquí, con “kits” chinos y al turista de nivel medio le cuestan más caros nuestros balnearios. A ello se agregó la política argentina, impuesta por la fuga de capitales, de regular, administrativamente, las importaciones, para cuidar sus reservas monetarias, debilitadas por los golpes del mercado financiero.

Si Macri ganara el domingo y devalúa, llegando el precio del dólar de 9,50 a 15 o 16 pesos –cono le exige la Sociedad Rural-, Las dificultades para las exportaciones uruguayas y su turismo, serían aun mayores, obligando a nuestro gobierno a dejar subir el precio del dólar, sin intervención reguladora del Banco Central, de 30 pesos a más de 40.

Todo esto en un contexto internacional negativo donde se aprecian factores económicos y geopolíticos –el Medio Oriente y la rivalidad  agudizada entre Estados Unifdos y el bloque Rusia-China son un ejemplo-, pronosticando los especialistas un estancamiento de por lo menos dos años, y donde las maniobras monetarias estarám a la orden del día. Nuestra Asociación Rural estaría encantada, pero no así la Cámara Industrial y los trabajadores y jubilados con ingresos fijos.

Quiero ser claro cuando señalo “factores geopolíticos”. Hace una semana se reunió la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), en Riad, capital de Arabia Saudita, para discutir un acuerdo destinado a regular la producción, llevando el precio del barril de crudo a 70 dólares. Arabia Saudita se negó, quedando en evidencia que el precio actual, menor a 50 dólares, afecta gravemente la renta fiscal de países como Rusia y Venezuela.

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